Miguel de Unamuno

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    Información biográfica

  1. A mi buitre
  2. Al amor de la lumbre
  3. Blas, el bobo
  4. Castilla
  5. Cuando duerme una madre junto al niño
  6. De vuelta a casa
  7. Dime qué dices, mar
  8. Dolor común
  9. Dormirse en el olvido del recuerdo
  10. El armador aquel
  11. El cuerpo canta
  12. El mar de encinas
  13. En horas de insomnio
  14. En un cementerio de lugar castellano
  15. Es una antorcha
  16. Hasta que se me fue no he descubierto
  17. Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan
  18. Horas serenas del ocaso breve
  19. Incidente doméstico
  20. La Luna y la rosa
  21. La mar ciñe a la noche su regazo
  22. La oración del ateo
  23. La sangre de mi espíritu
  24. Luciérnaga celeste
  25. Madre, llévame a la cama
  26. Me destierro a la memoria
  27. Morir soñando
  28. Muerte
  29. Noche de luna llena
  30. Nuestro secreto
  31. Ofelia de Dinamarca
  32. Oh, Señor, tú que sufres del mundo (Salmo III)
  33. Por qué esos lirios que los hielos matan
  34. Qué es tu vida, alma mía
  35. Si tú y yo, Teresa mía, nunca
  36. Sombra de humo
  37. Te da en la frente el sol de la mañana
  38. Vendrá de noche
  39. Veré por ti
  40. Y qué es eso



  41. Información biográfica
      Nombre: Miguel de Unamuno y Jugo
      Lugar y fecha nacimiento: Bilbao, Vizcaya, España, 29 de septiembre de 1864
      Lugar y fecha defunción: Salamanca, España, 31 de diciembre de 1936 (72 años)
      Ocupación: Filósofo, diputado, rector de la Universidad de Salamanca, escritor de poesía, novela, ensayo y teatro, miembro de la Real Academia Española.
      Movimiento: Generación del 98.

      San Manuel Bueno Mártir (1930) es una obra muy corta e interesante sobre un sacerdote que predica, dando esperanza a quienes considera que la necesitan, a pesar de que él mismo no cree.
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    A mi buitre
      Este buitre voraz de ceño torvo
      Que me devora las entrañas fiero
      Y es mi único constante compañero
      Labra mis penas con su pico corvo.

      El día en que le toque el postrer sorbo
      Apurar de mi negra sangre, quiero
      Que me dejéis con él solo y señero
      Un momento, sin nadie como estorbo.

      Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
      Mientras él mi último despojo traga,
      Sorprender en sus ojos la sombría

      Mirada al ver la suerte que le amaga
      Sin esta presa en que satisfacía
      El hambre atroz que nunca se le apaga.
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    Al amor de la lumbre
      Dulcissime vanus Homems.

      Al amor de la lumbre cuya llama
      Como una cresta de la mar ondea.
      Se oye fuera la lluvia que gotea
      Sobre los chopos. Previsora el ama

      Supo ordenar se me temple la cama
      Con sahumerio. En tanto la Odisea
      Montes y valles de mi pecho orea
      De sus ficciones con la rica trama

      Preparándome el sueño. Del castaño
      Que más de cien generaciones de hoja
      Criara y vio morir, cabe el escaño

      Abrasándose el tronco con su roja
      Brasa me reconforta. ¡Dulce engaño
      La ballesta de mi inquietud afloja!
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    Blas, el bobo
      Blas, el bobo de la aldea,
      Vive en no quebrado arrobo;
      La aldea es de Blas el bobo,
      Pues toda a Blas le recrea.

      Blas, que se crió desde niño
      Sin padres, con madre moza,
      En una perdida choza,
      Libre de carnal cariño;

      Blas, tradición la más pura,
      Sabe todo el calendario,
      Reza a la tarde el rosario
      Y le ayuda a misa al cura.

      Gracias a Blas el bendito
      No descarga Dios su vara
      Sobre la aldea, la ampara
      Blas, botón del infinito.
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    Castilla
      Tú me levantas, tierra de Castilla,
      En la rugosa palma de tu mano,
      Al cielo que te enciende y te refresca,
      Al cielo, tu amo,

      Tierra nervuda, enjuta, despejada,
      Madre de corazones y de brazos,
      Toma el presente en ti viejos colores
      Del noble antaño.

      Con la pradera cóncava del cielo
      Lindan en torno tus desnudos campos,
      Tiene en ti cuna el sol, y en ti sepulcro,
      Y en ti santuario.

      Es todo cima tu extensión redonda
      Y en ti me siento al cielo levantado,
      Aire de cumbre es el que se respira
      Aquí, en tus páramos.

      ¡Ara gigante, tierra castellana,
      A ese tu aire soltaré mis cantos,
      Si te son dignos bajarán al mundo
      Desde lo alto!
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    Cuando duerme una madre junto al niño
      Cuando duerme una madre junto al niño
      Duerme el niño dos veces;
      Cuando duermo soñando en tu cariño
      Mi eterno ensueño meces.

      Tu eterna imagen llevo de conducho
      Para el viaje postrero;
      Desde que en ti nací, una voz escucho
      Que afirma lo que espero.

      Quien así quiso y así fue querido
      Nació para la vida;
      Sólo pierde la vida su sentido
      Cuando el amor se olvida.

      Yo sé que me recuerdas en la tierra
      Pues que yo te recuerdo,
      Y cuando vuelva a la que tu alma encierra
      Si te pierdo, me pierdo.

      Hasta que me venciste, mi batalla
      Fue buscar la verdad;
      Tú eres la única prueba que no falla
      De mi inmortalidad.
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    De vuelta a casa
      Desde mi cielo a despedirme llegas
      Fino orvallo que lentamente bañas
      Los robledos que visten las montañas
      De mi tierra, y los maíces de sus vegas.

      Compadeciendo mi secura, riegas
      Montes y valles, los de mis entrañas,
      Y con tu bruma el horizonte empañas
      De mi sino, y así en la fe me anegas.

      Madre Vizcaya, voy desde tus brazos
      Verdes, jugosos, a Castilla enjuta,
      Donde fieles me aguardan los abrazos

      De costumbre, que el hombre no disfruta
      De libertad si no es preso en los lazos
      De amor, compañero de la ruta.
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    Dime qué dices, mar
      ¡Dime qué dices, mar, qué dices, dime!
      Pero no me lo digas; tus cantares
      Son, con el coro de tus varios mares,
      Una voz sola que cantando gime.

      Ese mero gemido nos redime
      De la letra fatal, y sus pesares,
      Bajo el oleaje de nuestros azares,
      El secreto secreto nos oprime.

      La sinrazón de nuestra suerte abona,
      Calla la culpa y danos el castigo;
      La vida al que nació no le perdona;

      De esta enorme injusticia sé testigo,
      Que así mi canto con tu canto entona,
      Y no me digas lo que no te digo.
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    Dolor común
      Cállate, corazón, son tus pesares
      De los que no deben decirse, deja
      Se pudran en tu seno; si te aqueja
      Un dolor de ti solo no acíbares

      A los demás la paz de sus hogares
      Con importuno grito. Esa tu queja,
      Siendo egoísta como es, refleja
      Tu vanidad no más. Nunca separes

      Tu dolor del común dolor humano,
      Busca el íntimo aquel en que radica
      La hermandad que te liga con tu hermano,

      El que agranda la mente y no la achica;
      Solitario y carnal es siempre vano;
      Sólo el dolor común nos santifica.
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    Dormirse en el olvido del recuerdo
      ¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
      En el recuerdo del olvido,
      Y que en el claustro maternal me pierdo
      Y que en él desnazco perdido!

      ¡Tú, mi bendito porvenir pasado,
      Mañana eterno en el ayer;
      Tú, todo lo que fue ya eternizado,
      Mi madre, mi hija, mi mujer!
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    El armador aquel
      El armador aquel de casas rústicas
      Habló desde la barca:
      Ellos, sobre la grava de la orilla,
      Él flotando en las aguas.

      Y la brisa del lago recogía
      De su boca parábolas
      Ojos que ven, oídos que oyen, gozan
      De bienaventuranza.

      Recién nacían por el aire claro
      Las semillas aladas,
      El Sol las revestía con sus rayos,
      La brisa las cunaba.

      Hasta que al fin cayeron en un libro,
      ¡Ay, tragedia del alma!:
      Ellos tumbados en la grava seca,
      Y él flotando en el agua.
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    El cuerpo canta
      El cuerpo canta;
      La sangre aúlla;
      La tierra charla;
      La mar murmura;
      El cielo calla
      Y el hombre escucha.
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    El mar de encinas
      En este mar de encinas castellano
      Los siglos resbalaron con sosiego
      Lejos de las tormentas de la historia,
      Lejos del sueño
      Que a otras tierras la vida sacudiera;
      Sobre este mar de encinas tiende el cielo
      Su paz engendradora de reposo,
      Su paz sin tedio.

      Sobre este mar que guarda en sus entrañas
      De toda tradición el manadero
      Esperan una voz de hondo conjuro
      Largos silencios.

      Cuando desuella estío la llanura
      Cuando la pela el riguroso invierno,
      Brinda al azul el piélago de encinas
      Su verde viejo.

      Como los días, van sus recias hojas
      Rodando una tras otra al pudridero,
      Y siempre verde el mar, de lo divino
      Nos es espejo.

      Su perenne verdura es de la infancia
      De nuestra tierra, vieja ya, recuerdo,
      De aquella edad en que esperando al hombre
      Se henchía el seno
      De regalados frutos. Es su calma
      Manantial de esperanza eterna eterno.

      Cuando aún no nació el hombre él verdecía
      Mirando al cielo,
      Y le acompaña su verdura grave
      Tal vez hasta dejarle en el lindero
      En que roto ya el viejo, nazca al día
      Un hombre nuevo.

      Es su verdura flor de las entrañas
      De esta rocosa tierra, toda hueso,
      Es flor de piedra su verdor perenne
      Pardo y austero.

      Es, todo corazón, la noble encina
      Floración secular del noble suelo
      Que, todo corazón de firme roca,
      Brotó del fuego
      De las entrañas de la madre tierra.

      Lustrales aguas le han lavado el pecho
      Que hacia el desnudo cielo alza desnudo
      Su verde vello.

      Y no palpita, aguarda en un respiro
      De la bóveda toda el fuerte beso,
      A que el cielo y la tierra se confundan
      En lazo eterno.

      Aguarda el día del supremo abrazo
      Con un respiro poderoso y quieto
      Mientras, pasando, mensajeras nubes
      Templan su anhelo.

      En este mar de encinas castellano
      Vestido de su pardo verde viejo
      Que no deja, del pueblo a que cobija
      Místico espejo.
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    En horas de insomnio
      Me voy de aquí, no quiero más oírme;
      De mi voz toda voz suéname a eco,
      Ya falta así de confesor, si peco
      Se me escapa el poder arrepentirme.

      No hallo fuera de mí en que me afirme
      Nada de humano y me resulto hueco;
      Si esta cárcel por otra al fin no trueco
      En mi vacío acabaré de hundirme.

      Oh triste soledad, la del engaño
      De creerse en humana compañía
      Moviéndose entre espejos, ermitaño.

      He ido muriendo hasta llegar al día
      En que espejo de espejos, soy me extraño
      A mí mismo y descubro no vivía.
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    En un cementerio de lugar castellano
      Corral de muertos, entre pobres tapias,
      Hechas también de barro,
      Pobre corral donde la hoz no siega,
      Sólo una cruz, en el desierto campo
      Señala tu destino.
      Junto a esas tapias buscan el amparo
      Del hostigo del cierzo las ovejas
      Al pasar trashumantes en rebaño,
      Y en ellas rompen de la vana historia,
      Como las olas, los rumores vanos.
      Como un islote en junio,
      Te ciñe el mar dorado
      De las espigas que a la brisa ondean,
      Y canta sobre ti la alondra el canto
      De la cosecha.
      Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
      Baja también sobre la santa hierba
      Donde la hoz no corta,
      De tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
      Y sienten en sus huesos el reclamo
      Del riego de la vida.
      Salvan tus cercas de mampuesto y barro
      Las aladas semillas,
      O te las llevan con piedad los pájaros,
      Y crecen escondidas amapolas,
      Clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
      Entre arrumbadas cruces,
      No más que de las aves libres pasto.
      Cavan tan solo en tu maleza brava,
      Corral sagrado,
      Para de un alma que sufrió en el mundo
      Sembrar el grano;
      Luego sobre esa siembra
      ¡Barbecho largo!
      Cerca de ti el camino de los vivos,
      No como tú, con tapias, no cercado,
      Por donde van y vienen,
      Ya riendo o llorando,
      ¡Rompiendo con sus risas o sus lloros
      El silencio inmortal de tu cercado!
      Después que lento el sol tomó ya tierra,
      Y sube al cielo el páramo
      A la hora del recuerdo,
      Al toque de oraciones y descanso,
      La tosca cruz de piedra
      De tus tapias de barro
      Queda, como un guardián que nunca duerme,
      De la campiña el sueño vigilando.
      No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
      En torno de la cual duerme el poblado;
      La cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
      De los muertos al cielo acorralados.
      ¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
      El Pastor Soberano,
      Con infinitos ojos centelleantes,
      Recuenta las ovejas del rebaño!
      ¡Pobre corral de muertos entre tapias
      Hechas del mismo barro,
      Sólo una cruz distingue tu destino
      En la desierta soledad del campo!
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    Es una antorcha
      Es una antorcha al aire esta palmera,
      Verde llama que busca al sol desnudo
      Para beberle sangre; en cada nudo
      De su tronco cuajó una primavera.

      Sin bretes ni eslabones, altanera
      Y erguida, pisa el yermo seco y rudo;
      Para la miel del cielo es un embudo
      La copa de sus venas, sin madera.

      No se retuerce ni se quiebra al suelo;
      No hay sombra en su follaje; es luz cuajada
      Que en ofrenda de amor se alarga al cielo;

      La sangre de un volcán que enamorada
      Del padre Sol se revistió de anhelo
      Y se ofrece, columna, a su morada.
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    Hasta que se me fue no he descubierto
      Hasta que se me fue no he descubierto
      Todo lo que la quise;
      Yo creía quererla; no sabía
      Lo que es de amor morirse.

      Era como algo mío entonces, era
      Costumbre... que se dice...;
      Pero hoy soy suyo yo, soy de la muerte
      A quien nadie resiste.

      Al irse nació en mí... ¡no!, que en torturas
      En ella nací al írseme;
      Lo que creí yo sueño era la vela;
      He nacido al morirme.

      Por fin ya sé quién soy... no lo sabía...
      ¿Lo sé? ¿Quién sabe en este mundo triste?
      ¿Hay quién sepa lo que es saber y entienda
      Lo que la nada dice?

      Mi madre nació en mí en aquel día
      Que se me fue Teresa... madre, dime
      De dónde vine, a dónde voy perdido,
      Por qué al amor me diste...
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    Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan
      Hay ojos que miran, -hay ojos que sueñan,
      Hay ojos que llaman, -hay ojos que esperan,
      Hay ojos que ríen -risa placentera,
      Hay ojos que lloran -con llanto de pena,
      Unos hacia adentro -otros hacia fuera.

      Son como las flores -que cría la tierra.
      Mas tus ojos verdes, -mi eterna Teresa,
      Los que están haciendo -tu mano de hierba,
      Me miran, me sueñan, -me llaman, me esperan,
      Me ríen rientes -risa placentera,
      Me lloran llorosos -con llanto de pena,
      Desde tierra adentro, -desde tierra afuera.

      En tus ojos nazco, -tus ojos me crean,
      Vivo yo en tus ojos -el sol de mi esfera,
      En tus ojos muero, -mi casa y vereda,
      Tus ojos mi tumba, -tus ojos mi tierra.
    Arriba

    Horas serenas del ocaso breve
      Horas serenas del ocaso breve,
      Cuando la mar se abraza con el cielo
      Y se despierta el inmortal anhelo
      Que al fundirse la lumbre, la lumbre bebe.

      Copos perdidos de encendida nieve,
      Las estrellas se posan en el suelo
      De la noche celeste, y su consuelo
      Nos dan piadosas con su brillo leve.

      Como en concha sutil perla perdida,
      Lágrima de las olas gemebundas,
      Entre el cielo y la mar sobrecogida

      El alma cuaja luces moribundas
      Y recoge en el lecho de su vida
      El poso de sus penas más profundas.
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    Incidente doméstico
      Traza la niña toscos garrapatos,
      De escritura remedo,
      Me los presenta y dice
      Con un mohín de inteligente gesto:

      "¿Qué dice aquí, papá?"

      Miro unas líneas que parecen versos.
      "¿Aquí?" "Sí, aquí; lo he escrito yo; ¿qué dice?
      Porque yo no sé leerlo..."
      "¡Aquí no dice nada!", le contesté al momento.

      "¿Nada?", y se queda un rato pensativa
      "O así me lo parece, por lo menos,
      Pues, ¿está en los demás o está en nosotros
      Eso a que damos en llamar talento?"

      Luego, reflexionando, me decía:
      "¿Hice bien revelándole el secreto?"
      -No el suyo ni el de aquellas toscas líneas,
      El mío, por supuesto-.

      ¿Sé yo si alguna musa misteriosa,
      Un subterráneo genio,
      Un espíritu errante que a la espera
      Para encarnar está de humano cuerpo,
      No le dictó esas líneas
      De enigmáticos versos?

      ¿Sé yo si son la gráfica envoltura
      De un idioma de siglos venideros?
      ¿Sé yo si dicen algo?
      ¿He vivido yo acaso de ellas dentro?

      No dicen más los árboles, las nubes,
      Los pájaros, los ríos, los luceros...
      ¡No dicen más y nos lo dicen todo!
      ¿Quién sabe de secretos?
    Arriba

    La Luna y la rosa
      En el silencio estrellado
      La Luna daba a la rosa
      Y el aroma de la noche
      Le henchía -sedienta boca-
      El paladar del espíritu,
      Que adurmiendo su congoja
      Se abría al cielo nocturno
      De Dios y su Madre toda...
      Toda cabellos tranquilos,
      La Luna, tranquila y sola,
      Acariciaba a la Tierra
      Con sus cabellos de rosa
      Silvestre, blanca, escondida...
      La Tierra, desde sus rocas,
      Exhalaba sus entrañas
      Fundidas de amor, su aroma...
      Entre las zarzas, su nido,
      Era otra luna la rosa,
      Toda cabellos cuajados
      En la cuna, su corola;
      Las cabelleras mejidas
      De la Luna y de la rosa
      Y en el crisol de la noche
      Fundidas en una sola...
      En el silencio estrellado
      La Luna daba a la rosa
      Mientras la rosa se daba
      A la Luna, quieta y sola.
    Arriba

    La mar ciñe a la noche su regazo
      La mar ciñe a la noche en su regazo
      Y la noche a la mar; la luna, ausente;
      Se besan en los ojos y en la frente;
      Los besos dejan misterioso trazo.

      Derrítense después en un abrazo,
      Tiritan las estrellas con ardiente
      Pasión de mero amor, y el alma siente
      Que noche y mar se enredan en su lazo.

      Y se baña en la oscura lejanía
      De su germen eterno, de su origen,
      Cuando con ella Dios amanecía,

      Y aunque los necios sabios leyes fijen,
      Ve la piedad del alma la anarquía
      Y que leyes no son las que nos rigen.
    Arriba

    Luciérnaga celeste
      Luciérnaga celeste, humilde estrella
      De navegante guía: la Boquilla
      De la Bocina que a hurtadillas brilla,
      Violeta de luz, pobre centella

      Del hogar del espacio; ínfima huella
      Del paso del Señor; gran maravilla
      Que broche del vencejo en la gavilla
      De mies de soles, sólo ella los sella.

      Era al girar del universo quicio
      Basado en nuestra tierra; fiel contraste
      Del Hombre Dios y de su sacrificio.

      Copérnico, Copérnico, robaste
      A la fe humana su más alto oficio
      Y diste así con su esperanza al traste.
    Arriba

    Madre, llévame a la cama
      Madre, llévame a la cama.
      Madre, llévame a la cama,
      Que no me tengo de pie.
      Ven, hijo, Dios te bendiga
      Y no te dejes caer.

      No te vayas de mi lado,
      Cántame el cantar aquel.
      Me lo cantaba mi madre;
      De mocita lo olvidé,
      Cuando te apreté a mis pechos
      Contigo lo recordé.

      ¿Qué dice el cantar, mi madre,
      Qué dice el cantar aquel?
      No dice, hijo mío, reza,
      Reza palabras de miel;
      Reza palabras de ensueño
      Que nada dicen sin él.

      ¿Estás aquí, madre mía?
      Porque no te logro ver....
      Estoy aquí, con tu sueño;
      Duerme, hijo mío, con fe.
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    Me destierro a la memoria
      Me destierro a la memoria,
      Voy a vivir del recuerdo.
      Buscadme, si me os pierdo,
      En el yermo de la historia,

      Que es enfermedad la vida
      Y muero viviendo enfermo.
      Me voy, pues, me voy al yermo
      Donde la muerte me olvida.

      Y os llevo conmigo, hermanos,
      Para poblar mi desierto.
      Cuando me creáis más muerto
      Retemblaré en vuestras manos.

      Aquí os dejo mi alma-libro,
      Hombre-mundo verdadero.
      Cuando vibres todo entero.
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    Morir soñando
      Au fait, se disait-il a lui-même, il parait que
      Mon destin est de mourir en rêvant.
      Stendhal, Le Rouge et le Noir, LXX, "La tranquillité"

      Morir soñando, sí, mas si se sueña
      Morir, la muerte es sueño; una ventana
      Hacia el vacío; no soñar; nirvana;
      Del tiempo al fin la eternidad se adueña.

      Vivir el día de hoy bajo la enseña
      Del ayer deshaciéndose en mañana;
      Vivir encadenado a la desgana
      ¿Es acaso vivir?, ¿y esto qué enseña?

      ¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
      ¿Vivir el sueño no es matar la vida?
      ¿A qué poner en ello tanto empeño?:

      ¿Aprender lo que al punto al fin se olvida
      Escudriñando el implacable ceño
      -Cielo desierto- del eterno Dueño?
      Soy yo, lector, que en ti vibro.
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    Muerte
      Eres sueño de un dios; cuando despierte
      ¿Al seno tornarás de que surgiste?
      Serás al cabo lo que un día fuiste?
      ¿Parto de desnacer será tu muerte?

      El sueño yace en la vigilia inerte?
      Por dicha aquí el misterio nos asiste;
      Para remedio de la vida triste,
      Secreto inquebrantable es nuestra suerte.

      Deja en la niebla hundido tu futuro
      Ve tranquilo a dar tu último paso,
      Que cuanto menos luz, vas más seguro.

      ¿Aurora de otro mundo es nuestro ocaso?
      Sueña, alma mía, en tu sendero oscuro:
      "¡Morir... dormir... dormir... soñar acaso!"
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    Noche de luna llena
      Noche blanca en que el agua cristalina
      Duerme queda en su lecho de laguna
      Sobre la cual redonda llena luna
      Que ejército de estrellas encamina

      Vela, y se espeja una redonda encina
      En el espejo sin rizada alguna;
      Noche blanca en que el agua hace de cuna
      De la más alta y más honda doctrina.

      Es un rasgón del cielo que abrazado
      Tiene en sus brazos la Naturaleza;
      Es un rasgón del cielo que ha posado

      Y en el silencio de la noche reza
      La oración del amante resignado
      Sólo al amor, que es su única riqueza.
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    Nuestro secreto
      No me preguntes más, es mi secreto,
      Secreto para mí terrible y santo;
      Ante él me velo con un negro manto
      De luto de piedad; no rompo el seto

      Que cierra su recinto, me someto
      De mi vida al misterio, el desencanto
      Huyendo del saber y a Dios levanto
      Con mis ojos mi pecho siempre inquieto.

      Hay del alma en el fondo oscura sima
      Y en ella hay un fatídico recodo
      Que es nefando franquear; allá en la cima

      Brilla el sol que hace polvo al sucio lodo;
      Alza los ojos y tu pecho anima;
      Conócete, mortal, mas no del todo.
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    Ofelia de Dinamarca
      Rosa de nube de carne
      Ofelia de Dinamarca,
      Tu mirada, sueñe o duerma,
      Es de esfinge la mirada.

      En el azul del abismo
      De tus niñas, todo o nada,
      ¡Ser o no ser!, ¿es espuma
      O poso de vida tu alma?

      No te vayas monja, espérame
      Cantando viejas baladas,
      Suéñame mientras te sueño,
      Brízame la hora que falta.

      Y si los sueños se esfuman
      -El resto es silencio-, almohada
      Hazme de tus muslos, virgen
      Ofelia de Dinamarca.
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    Oh, Señor, tú que sufres del mundo (Salmo III)
      ¡Oh, Señor, tú que sufres del mundo
      Sujeto a tu obra,
      Es tu mal nuestro mal más profundo
      Y nuestra zozobra!

      Necesitas uncirte al infinito
      Si quieres hablarme,
      Y si quieres te llegue mi grito
      Te es fuerza escucharme.

      Es tu amor el que tanto te obliga
      Bajarte hasta el hombre,
      Y a tu Esencia mi boca le diga
      Cuál sea tu nombre.

      Te es forzoso rasgarte el abismo
      Si mío ser quieres,
      Y si quieres vivir en ti mismo
      Ya mío no eres.

      Al crearnos para tu servicio
      Buscas libertad,
      Sacudirte del recio suplicio
      De la eternidad.

      Si he de ser, como quieres, figura
      Y flor de tu gloria,
      Hazte, ¡oh Tú, Creador, criatura,
      Rendido a la historia!

      Libre ya de tu cerco divino
      Por nosotros estás,
      Sin nosotros sería tu sino
      O siempre o jamás.

      Por gustar, ¡oh Impasible!, la pena
      Quisiste penar,
      Te faltaba el dolor que enajena
      Para más gozar.

      Y probaste el sufrir y sufriste
      Vil muerte en la cruz,
      Y al espejo del hombre te viste
      Bajo nueva luz.

      Y al sentirte anhelar bajo el yugo
      Del eterno Amor,
      Nos da al Padre y nos mata al verdugo
      El común Dolor.

      Si has de ser, ¡oh, mi Dios!, un Dios vivo
      Y no idea pura,
      En tu obra te rinde cautivo
      De tu criatura.

      Al crear, Creador, quedas preso
      De tu creación,
      Mas así te libertas del peso
      De tu corazón.

      Son tu pan los humanos anhelos,
      Es tu agua la fe;
      Yo te mando, Señor, a los cielos
      Con mi amor, mi sed.

      Es la sed insaciable y ardiente
      De sólo verdad;
      Dame, ¡oh Dios!, a beber en la fuente
      De tu eternidad.

      Méteme, Padre eterno, en tu pecho,
      Misterioso hogar,
      Dormiré allí, pues vengo deshecho
      Del duro bregar.
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    Por qué esos lirios que los hielos matan
      ¿Por qué esos lirios que los hielos matan?
      ¿Por qué esas rosas a que agosta el sol?
      ¿Por qué esos pajarillos que sin vuelo
      Se mueren en plumón?

      ¿Por qué derrocha el cielo tantas vidas
      Que no son de otras nuevas eslabón?
      ¿Por qué fue dique de tu sangre pura
      Tu pobre corazón?

      ¿Por qué no se mezclaron nuestras sangres
      Del amor en la santa comunión?
      ¿Por qué tú y yo, Teresa de mi alma
      No dimos granazón?

      ¿Por qué, Teresa, y para qué nacimos?
      ¿Por qué y para qué fuimos los dos?
      ¿Por qué y para qué es todo nada?
      ¿Por qué nos hizo Dios?
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    La oración del ateo
      Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
      Y en tu nada recoge estas mis quejas,
      Tú que a los pobres hombres nunca dejas
      Sin consuelo de engaño. No resistes

      A nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
      Cuando Tú de mi mente más te alejas,
      Más recuerdo las plácidas consejas
      Con que mi ama endulzome noches tristes.

      ¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
      Que no eres sino Idea; es muy angosta
      La realidad por mucho que se expande

      Para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
      Dios no existente, pues si Tú existieras
      Existiría yo también de veras.
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    La sangre de mi espíritu
      La sangre de mi espíritu es mi lengua,
      Y mi patria es allí donde resuene
      Soberano su verbo, que no amengua
      Su voz por mucho que ambos mundos llene.

      Ya Séneca la preludió aún no nacida
      Y en su austero latín ella se encierra;
      Alfonso a Europa dio con ella vida.
      Colón con ella redobló la Tierra.

      Y esta mi lengua flota como el arca
      De cien pueblos contrarios y distantes,
      Que las flores en ella hallaron brote,

      De Juárez y Rizal, pues ella abarca
      Legión de razas, lengua en que a Cervantes
      Dios le dio el Evangelio del Quijote.
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    Qué es tu vida, alma mía
      ¿Qué es tu vida, alma mía?, ¿cuál tu pago?,
      ¡Lluvia en el lago!
      ¿Qué es tu vida, alma mía?, ¿tu costumbre?,
      ¡Viento en la cumbre!

      ¿Cómo tu vida, mi alma, se renueva?,
      ¡Sombra en la cueva!,
      ¡Lluvia en el lago!,
      ¡Viento en la cumbre!,
      ¡Sombra en la cueva!

      Lágrimas es la lluvia desde el cielo,
      Y es el viento sollozo sin partida,
      Pesar, la sombra sin ningún consuelo,
      Y lluvia y viento y sombra hacen la vida.
    Arriba

    Si tú y yo, Teresa mía, nunca
      Si tú y yo, Teresa mía, nunca
      Nos hubiéramos visto,
      Nos hubiéramos muerto sin saberlo:
      No habríamos vivido.

      Tú sabes que morirse, vida mía,
      Pero tienes sentido
      De que vives en mí, y viva aguardas
      Que a ti torne yo vivo.

      Por el amor supimos de la muerte;
      Por el amor supimos
      Que se muere; sabemos que se vive
      Cuando llega el morirnos.

      Vivir es solamente, vida mía,
      Saber que se ha vivido,
      Es morirse a sabiendas dando gracias
      A Dios de haber nacido.
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    Sombra de humo
      ¡Sombra de humo cruza el prado!
      ¡Y que se va tan deprisa!
      ¡No da tiempo a la pesquisa
      De retener lo pasado!

      Terrible sombra de mito
      Que de mí propio me arranca,
      ¿Es acaso una palanca
      Para hundirse en lo infinito?

      Espejo que me deshace
      Mientras en él me estoy viendo,
      El hombre empieza muriendo
      Desde el momento en que nace.

      El haz del alma te ahuma
      Del humo al irse a la sombra,
      Con su secreto te asombra
      Y con su asombro te abruma.
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    Te da en la frente el sol de la mañana
      Te da en la frente el sol de la mañana
      Recién nacido, pálida doncella,
      Misteriosa visión, fugaz estrella,
      Que te derrites en la luz. Hermana

      De la que nace cuando la campana
      Tocando a la oración doliente sella
      La fatiga de un día más, la mella
      Que sume el alma en la mortal desgana.

      El alba y el ocaso cruzan manos,
      Y así, a la silla de la reina, al día
      Y a la noche, rendidos soberanos,

      Los llevan a enterrar. Triste sería
      Que al despertar de nuestros sueños varios
      Luz y sombra lucharan a porfía.
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    Vendrá de noche
      Vendrá de noche cuando todo duerma,
      Vendrá de noche cuando el alma enferma
      Se emboce en vida,
      Vendrá de noche con su paso quedo,
      Vendrá de noche y posará su dedo
      Sobre la herida.

      Vendrá de noche y su fugaz vislumbre
      Volverá lumbre la fatal quejumbre;
      Vendrá de noche
      Con su rosario, soltará las perlas
      Negro sol que da ceguera verlas,
      ¡Todo un derroche!

      Vendrá de noche, noche nuestra madre,
      Cuando a lo lejos el recuerdo ladre
      Perdido agujero;
      Vendrá de noche; apagará su paso
      Mortal ladrido y dejará al ocaso
      Largo agujero...

      ¿Vendrá una noche recogida y vasta?
      ¿Vendrá una noche maternal y casta
      De luna llena?
      Vendrá viniendo con venir eterno;
      Vendrá una noche del postrer invierno...
      Noche serena...

      Vendrá como se fue, como se ha ido
      -Suena a lo lejos el fatal ladrido-,
      Vendrá a la cita;
      Será de noche mas que sea aurora,
      Vendrá a su hora, cuando el aire llora,
      Llora y medita...

      Vendrá de noche, en una noche clara,
      Noche de luna que al dolor ampara,
      Noche desnuda,
      Vendrá... venir es porvenir... pasado
      Que pasa y queda y que se queda al lado
      Y nunca muda...

      Vendrá de noche, cuando el tiempo aguarda,
      Cuando la tarde en las tinieblas tarda
      Y espera al día,
      Vendrá de noche, en una noche pura,
      Cuando del sol la sangre se depura,
      Del mediodía.

      Noche ha de hacerse en cuanto venga y llegue,
      Y el corazón rendido se le entregue,
      Noche serena,
      De noche ha de venir... ¿él, ella o ello?
      De noche ha de sellar su negro sello,
      Noche sin pena.

      Vendrá la noche, la que da la vida,
      Y en que la noche al fin el alma olvida,
      Traerá la cura;
      Vendrá la noche que lo cubre todo
      Y espeja al cielo en el luciente lodo
      Que lo depura.

      Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
      Su negro sello servirá de broche
      Que cierra el alma;
      Vendrá de noche sin hacer ruido,
      Se apagará a lo lejos el ladrido,
      Vendrá la calma...
      Vendrá la noche....
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    Veré por ti
      "Me desconozco", dices; mas mira, ten por cierto
      Que a conocerse empieza el hombre cuando clama
      "Me desconozco", y llora;
      Entonces a sus ojos el corazón abierto
      Descubre de su vida la verdadera trama;
      Entonces es su aurora.

      No, nadie se conoce, hasta que no le toca
      La luz de un alma hermana que de lo eterno llega
      Y el fondo le ilumina;
      Tus íntimos sentires florecen en mi boca,
      Tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
      Mira por mí y camina.

      "Estoy ciega", me dices; apóyate en mi brazo
      Y alumbra con tus ojos nuestra escabrosa senda
      Perdida en lo futuro;
      Veré por ti, confía; tu vista es este lazo
      Que a ti me ató, mis ojos son para ti la prenda
      De un caminar seguro.

      ¿Qué importa que los tuyos no vean el camino,
      Si dan luz a los míos y me lo alumbran todo
      Con su tranquila lumbre?
      Apóyate en mis hombros, confíate al Destino,
      Veré por ti, mi ciega, te apartaré del lodo,
      Te llevaré a la cumbre.

      Y allí, en la luz envuelta, se te abrirán los ojos,
      Verás cómo esta senda tras de nosotros lejos,
      Se pierde en lontananza
      Y en ella de esta vida los míseros despojos,
      Y abrírsenos radiante del cielo a los reflejos
      Lo que es hoy esperanza.
    Arriba

    Y qué es eso
      Y, ¿qué es eso del Infierno?
      Me dirás.
      Es el revés de lo eterno,
      Nada más.

      Que yacer en el olvido
      Del Señor
      Es el infierno temido
      Del Amor.
    Arriba