Alberto Lista

.
    Información biográfica

  1. A Delia
  2. A Elisa
  3. A Filis
  4. A la amistad
  5. Corona nupcial
  6. Del amor
  7. La ausencia
  8. La belleza
  9. La duda
  10. La envidia
  11. La esperanza
  12. La razón inútil



  13. Información biográfica
      Nombre: Alberto Lista
      Lugar y fecha nacimiento: Sevilla, España, 15 de octubre de 1775
      Lugar y fecha defunción: Sevilla, España, 5 de octubre de 1848 (73 años)
      Ocupación: Matemático, poeta, periodista y crítico literario.
    Arriba

      A Delia
        Si vi tus ojos, Delia, y no abrasaron
        Mi corazón en amorosa llama;
        Di en tus labios, que el abril inflama
        De ardiente rosa, y no me enajenaron;

        Si vi el seno gentil, do se anidaron
        Las gracias; do el carmín, que Venus ama,
        Sobre luciente nieve se derrama,
        E inocentes mis ojos lo miraron;

        No es culpa, no, de tu beldad divina,
        Culpa es del infortunio que ha robado
        La ilusión deliciosa al pecho mío.

        Mas si en el tuyo la bondad domina,
        Más querrás la amistad de un desgraciado
        Que de un dichoso el tierno desvarío.
      Arriba

      A Elisa
        En vano, Elisa, describir intento
        El dulce afecto que tu nombre inspira;
        Y aunque Apolo me dé su acorde lira,
        Lo que pienso diré, no lo que siento.

        Puede pintarse el invisible viento,
        La veloz llama que ante el trueno gira,
        Del cielo el esplendor, del mar la ira;
        Mas no alcanza al amor pincel ni acento.

        De la amistad la plácida sonrisa,
        Y el puro fuego, que en las almas prende,
        Ni al labio, ni a la cítara confío.

        Mas podrás conocerlo, bella Elisa,
        Si ese tu hermoso corazón entiende
        La muda voz que le dirige el mío.
      Arriba

      A Filis
        En vano, Filis bella, afectas ira,
        Que es dulce siendo tuya, y más en vano
        Nos insulta ese labio soberano
        Do entre claveles la verdad respira.

        Un tierno pecho que por ti suspira
        Esa linda esquivez adora en vano,
        Y por ser tuyo se contenta insano
        Si, no pudiendo amor, desdén te inspira.

        No esperes que ofendidos tus amores
        Huyan de tu halagüeño menosprecio
        Ni de sufrir se cansen tus rigores;

        Aún más esclavos los tendrás que amores,
        Pues vale más, oh Filis, tu desprecio
        Que de mil hermosuras mil favores.
      Arriba

      A la amistad
        La ilusión dulce de mi edad primera,
        Del crudo desengaño la amargura,
        La sagrada amistad, la virtud pura
        Canté con voz ya blanda, ya severa.

        No de Helicón la rama lisonjera
        Mi humilde genio conquistar procura;
        Memorias de mi mal y mi ventura,
        Robar al triste olvido sólo espera.

        A nadie, sino a ti, querido Albino,
        Debe mi tierno pecho y amoroso
        De sus afectos consagrar la historia.

        Tú a sentir me enseñaste, tú el divino
        Canto y el pensamiento generoso:
        Tuyos mis versos son y esa es mi gloria.
      Arriba

      Corona nupcial
        Esta que aún lleva la encarnada espina,
        Gloria de su vergel, purpúrea rosa,
        Y esta blanca azucena y olorosa
        Bañada de la lluvia matutina.

        Un pastorcillo a tu beldad divina
        Ofrece, pobre don a nueva esposa;
        Y no mal te dispone, Lesbia hermosa,
        Cuando a adornar tu seno las destina.

        Del virgíneo carmín la rosa llena
        Retrata tu candor, y en sus albores
        Tu casta fe la cándida azucena;

        Y ese mirto que enlaza las dos flores
        En felices esposos la cadena
        Con que os ensalza el Dios de los amores.
      Arriba

      Del amor
        Alcino, quien los ásperos rigores
        De una ingrata beldad vencer procura,
        Ni encantos a la tesela espesura,
        Ni a la remota Colcos pida flores.

        Amar es el hechizo, que en amores
        La victoria y las dichas asegura,
        Y somete el pudor y la hermosura,
        Y corona al amante de favores.

        Mas si el vil seductor quiere que sea
        Una impura pasión amor hermoso,
        No se admire de verla desdeñada.

        Que no es amante el que gozar desea,
        Sino el que sacrifica generoso
        Su bien y su placer al de su amada.
      Arriba

      La ausencia
        Nace la aurora y el hermoso día
        Brilla de rojas nubes coronado;
        En mi pecho, de penas abrumado,
        La sonrosada luz es noche umbría.

        De las aves la plácida armonía
        Es para mí graznido malhadado,
        Y estruendo ronco y son desconcertado
        El blando ruido de la fuente fría.

        Brotan rosas el soto y la ribera;
        Para mí solo, triste y dolorido,
        Espinas guarda el mayo floreciente.

        Que esta es, oh niño dios, tu ley primera;
        No hay mal para el amor correspondido,
        No hay bien que no sea mal para el ausente.
      Arriba

      La belleza
        ¿Dónde cogió el Amor, o de qué vena,
        El oro fino de su trenza hermosa?
        ¿En qué espinas halló la tierna rosa
        Del rostro, o en qué prados la azucena?

        ¿Dónde las blancas perlas con que enfrena
        La voz suave, honesta y amorosa?
        ¿Dónde la frente bella y espaciosa
        Más que el primer albor pura y serena?

        ¿De cuál esfera en la celeste cumbre
        Eligió el dulce canto, que destila
        Al pecho ansioso regalada calma?

        Y, ¿de qué sol tomó la dulce lumbre
        De aquellos ojos que la paz tranquila
        Para siempre arrojaron de mi alma?
      Arriba

      La duda
        ¿Si será de amistad, Filis hermosa,
        La grata llama que en el pecho siento;
        Que como propio tu dolor lamento,
        Y soy feliz cuando eres venturosa.

        ¿O será amor? Tu imagen deliciosa
        Grabada está en el alma, y el momento,
        Que obligado la deja el pensamiento,
        Me es ingrato el pensar, la vida odiosa.

        Amor es. Este ardor de verte, este
        Inefable placer cuando te veo,
        ¿Quién sino el dulce amor puede inspirarlo?

        Mas ¡ay!, es como tú puro y celeste;
        E ignorando los fuegos del deseo,
        Halaga el corazón sin abrasarlo.
      Arriba

      La envidia
        Dulce es a la codicia cuanto alcanza
        Doblar el oro inútil, que ha escondido;
        Sin tener otro afán, ni por sentido,
        Meditar ya el placer, ya la esperanza.

        Dulce es también a la feroz venganza,
        Que no obedece al tiempo ni al olvido,
        Los sedientos rencores que ha sufrido
        Apagar entre el fuego y la matanza.

        A un bien aspira todo vicio humano;
        Teñida en sangre, la ambición impía
        Sueña en el mando y el laurel glorioso.

        Sola tú, envidia horrenda, monstruo insano,
        Ni conoces ni esperas la alegría;
        Que ¿dónde irás que no haya un venturoso?
      Arriba

      La esperanza
        Dulce esperanza, del prestigio amado
        Pródiga siempre, que el mortal adora,
        Ven, disipa piadosa y bienhechora
        Las penas de mi pecho acongojado.

        Vuelve a mi mano el plectro ya olvidado,
        Y al seno la amistad consoladora;
        Y tu voz, oh divina encantadora,
        Mitigue o venza la crueldad del hado.

        Mas ¡ay!, no me presentes lisonjera
        Aquellas flores que cogiste en Gnido,
        Cuyo jugo es mortal, aunque es sabroso.

        Pasó el delirio de la edad primera,
        Y ya temo el placer, y cauto pido,
        No la felicidad, sino el reposo.
      Arriba

      La razón inútil
        Es tarde ya para que Amor me prenda
        En su lazo halagüeño y fementido;
        Que aunque tal vez de la razón me olvido,
        El hielo de la edad, ¿quién hay que encienda?

        Es tiempo ¡ay!, triste que a su voz atienda
        Mi juvenil esfuerzo ya perdido,
        Después de haberla insano desoído,
        Cuando ser pudo de mi esfuerzo rienda.

        Así va; los humanos corazones
        Sufren en la verdad y en el engaño;
        Y sin gozar de sí ni un solo día,

        Venden la juventud a las pasiones,
        La edad madura al triste desengaño,
        Y la vejez a la razón tardía.
      Arriba